-Por Montserrat López
Justo se cumple un año de nuestro viaje a la India. Un viaje que no termina cuando aterrizas de vuelta a casa. Su impacto sigue reverberando. Continúa.
Hace exactamente un año corrimos la Ultramaratón solidaria de la Fundación Vicente Ferrer en Anantapur: 45 kilómetros en cuatro etapas, recorridos durante toda una noche. Una carrera que unía, de forma simbólica, la distancia entre el primer y humilde hospital impulsado por Vicente Ferrer y el gran hospital de mujeres y niños que hoy es fuente de prosperidad y esperanza para miles de personas.
Pero lo difícil no fue la distancia. Ni la oscuridad cerrada de la noche, ni el terreno pantanoso, ni el polvo adherido a la piel.
Lo verdaderamente sobrecogedor —lo que te desarma— es intentar asimilar el impacto real y cotidiano de los proyectos de la Fundación.
Esa fue nuestra verdadera carrera: dar voz, kilómetro a kilómetro, a cada aldea que nos recibía en la oscuridad con bailes, sonrisas y un cariño que atravesaba cualquier barrera lingüística.
La solidaridad que se toca
Vivimos la solidaridad en forma de adobe al visitar algunos hogares del programa Vivienda Digna, donde es la propia comunidad la que construye casas registradas a nombre de la mujer.
La sentimos en las escuelas, donde niños de distintas etnias, religiones y capacidades conviven y se apoyan, sembrando un futuro donde la esperanza y la solidaridad forman parte del día a día.
La “tocamos” en la selección y entrega de microcréditos a proyectos liderados por mujeres que trabajan por su autonomía, rompen yugos y se convierten en el pilar económico de sus familias.
Han pasado más de 55 años desde que Vicente Ferrer inició su labor con una convicción clara: «La pobreza es una violación del derecho básico de toda persona a llevar adelante su vida en libertad».
Su legado, continuado hoy por Anna Ferrer, Moncho, Visha, Luz y todo el equipo, no ha sido otro que combatir la pobreza con trabajo, no con limosna.
Carreras como esta —en la que cerca de 100 personas llegadas de España sumamos esfuerzo y compromiso— son un altavoz imprescindible. Nos acercan a realidades lejanas, pero también nos iluminan por dentro, recordándonos el poder transformador de la implicación consciente.
Un viaje que transforma: más allá del voluntariado corporativo
Experiencias como esta son profundamente transformadoras. Nos recuerdan, al regresar a “nuestra realidad”, que seguimos teniendo la capacidad de accionar palancas que generan impacto positivo en la sociedad.
Por eso soy una firme defensora del voluntariado corporativo. Su efecto es doblemente transformador: hacia fuera y hacia dentro de la empresa.
Para las organizaciones, no se trata de una acción aislada, sino de una herramienta estratégica que aporta un valor tangible:
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Fortalece los equipos: compartir una vivencia de esta intensidad crea vínculos de confianza y complicidad imposibles de forjar en una sala de juntas. Aparecen la resiliencia, el apoyo mutuo y la fuerza del colectivo.
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Desarrolla habilidades clave: liderazgo en contextos adversos, gestión de la incertidumbre, adaptabilidad y empatía profunda regresan al entorno laboral con las personas que las han vivido.
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Da propósito y alinea valores: contribuye a una cultura organizacional con sentido, donde las personas se sienten orgullosas de pertenecer a una empresa que actúa. Atrae y retiene talento con conciencia.
Para la persona, la transformación es interior. Te confronta, te vuelve más humilde y te llena de una gratitud que reordena prioridades.
Y para las comunidades, fundaciones y proyectos, es oxígeno: financiación, visibilidad y, sobre todo, la certeza de no estar solos.
Todos ganan. Todos avanzan.
Como bien decía Vicente Ferrer: «Solo avanzaremos si lo hacemos colectivamente». Su visión siempre fue transformar la sociedad desde la base, empoderando a las comunidades para que superaran la pobreza por sí mismas, no mediante milagros, sino a través de acción coordinada y principios sólidos.
Esta experiencia fue una prueba viva de su legado. Los vínculos que se crean —entre compañeros de equipo, entre personas de procedencias distintas, con las comunidades que esperan bailando al próximo relevo aunque sean las tres de la madrugada— permanecen.
Son el tejido de una red global de solidaridad que, kilómetro a kilómetro, proyecto a proyecto, sigue cambiando el mundo.
El viaje terminó.
El impacto, no.