En los últimos meses ha ganado tracción una idea poderosa: la tecnología podría llevarnos, en apenas una década, a un mundo de abundancia material. Gracias a la inteligencia artificial, la automatización y la energía barata, vislumbramos un futuro de producción casi gratuita y salud hiperpersonalizada.
Ensayos como Solve Everything dibujan un escenario donde los grandes problemas históricos de la humanidad simplemente dejan de existir. En efecto, nuestra capacidad técnica avanza a una velocidad sin precedentes. Sin embargo, surge una pregunta incómoda: si podemos resolverlo todo, ¿por qué seguimos ampliando la desigualdad?
El error histórico: confundir capacidad con progreso
No sería la primera vez que la humanidad comete este error. Cada gran revolución tecnológica —desde la industrial hasta la digital— prometió una prosperidad generalizada. No obstante, los beneficios siempre han llegado antes, y de mejor manera, a unos pocos.
Es fundamental entender que la tecnología elimina la escasez física, pero no la desigualdad social. Por sí sola, la técnica no soluciona los desequilibrios de poder ni la exclusión. Pensar que la abundancia técnica se traduce automáticamente en bienestar colectivo es, en realidad, una forma de tecno-ingenuidad.
Los riesgos del nuevo paradigma tecnológico
El nuevo «stack» tecnológico, compuesto por la IA, el manejo de datos y la biotecnología, presenta riesgos claros si no se gestiona correctamente:
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Alta concentración de poder en manos de unos pocos actores.
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Ganadores globales frente a perdedores estructurales.
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Productividad sin empleo equivalente, que desafía la estabilidad económica.
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Pérdida de decisión por parte de estados y comunidades locales.
Paradójicamente, un mundo «resuelto» en lo técnico puede ser un mundo mucho más desigual en lo social si no se diseña con intención.
La economía del propósito como sistema operativo
Aquí es donde entra la economía del propósito. No debemos verla como un complemento ético o una capa de marketing; es el sistema operativo necesario para que la abundancia no derive en exclusión.
Su rol es determinante para el futuro por las siguientes razones:
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Da dirección: Mientras la tecnología responde al «cómo», el propósito define el «para qué» y el «para quién».
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Redefine el valor: Cuando producir cuesta casi cero, el valor real reside en el impacto social y la contribución al bien común.
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Distribución y Gobernanza: El enfoque pasa de la simple eficiencia al diseño de una distribución justa y una gobernanza consciente.
Empresas: de la ventaja competitiva a la responsabilidad histórica
Las empresas que lideren esta nueva era no serán necesariamente las más avanzadas técnicamente. Serán aquellas que comprendan que crear valor hoy implica asumir una responsabilidad sistémica.
No se trata de frenar la innovación, sino de humanizarla. La próxima década puede marcar el mayor salto de prosperidad de la historia o la mayor brecha social jamás vista.
Conclusión: La diferencia no la marcará la tecnología, sino el propósito con el que decidamos usarla.